Todo empieza muy lejos de la Tierra, en el Sol. A veces el Sol se “agita” y lanza al espacio una especie de viento cargado de energía. Ese viento viaja durante días hasta que choca con algo muy especial: el escudo invisible que protege nuestro planeta.
Cuando esa energía solar llega a la Tierra, se cuela por los polos (sí, por eso se ven en el norte) y se encuentra con los gases de la atmósfera. Y ahí pasa lo increíble: ese choque hace que el cielo se ilumine.
Verdes, violetas, rosas… como si alguien estuviera pintando con luz sobre un fondo negro.
No siempre ocurre. No se puede encender a voluntad. Y quizá por eso emociona tanto. Porque cuando sucede, sabes que estás viendo algo que no depende de ti, ni del lugar exacto, ni del momento perfecto. Solo del universo haciendo lo suyo.
Por eso, quien ve una aurora por primera vez suele quedarse en silencio. No porque no sepa qué decir. Sino porque el cielo ya lo está diciendo todo.
Aquí puedes saber algo más sobre los tipos de auroras boreales.

